dissabte, 29 de Novembre de 2008

No es habitual en mí abrir el corazón a desconocidos ni publicitar los sentimientos más profundos pero concibo a la gran familia ciclista como un reducto de intensas amistades trabadas a fuerza de sudor y sufrimiento y, tal vez por ello, me atrevo a participaros algunos de mis amores.

En la adolescencia, mientras corrían épocas tardo franquistas de desorientación y búsqueda de la particular ubicación de uno en el mundo que iba descubriendo, surgió, como mandan los cánones, un primer amor. Se trataba de una pecosilla vasca de piel anaranjada que respondía al nombre de Zeus. Mis paseos a su lado por las calles del pueblo o por el parque me subían en gran medida la autoestima; los primeros roces, alguna caricia, me sumergían en un estado de levitación i excitación personal que sorprendía a mis allegados más próximos. Sin apenas darme cuenta transcurría junto a ella todo mi tiempo libre a la vez que era la envidia de amigos y compañeros de colegio.

Crecí y empecé a hacerme mayor con un viaje de fin de bachillerato a Paris con torres “eiffeles” y arcos del triunfo que me resbalaban. Y allí, en las escaleras de La Samaritaine, me encontré a una joven belga de nombre corto y brusco, roja encarnada, con los conocimientos más aventajados en las técnicas del amor de la época, muy por encima de la atrasada España. Respondía al nombre de Merckx y fue un amor intenso, violento y apasionado que duró lo que duró aquel viaje: cinco días incluyendo los trayectos en autocar.

El viaje a tierras galas tuvo su influencia en mi ánimo durante años y así anduve largos meses, ya de vuelta a casa, acompañando a mi amiga Vitus, afrancesada también, y primer concepto de ligereza en las costumbres y rigidez en el estilo,… hasta que empecé a tenerle manía en los descensos. Que si los ensamblajes, que si las malas vibraciones, que si tal, que si cual. Acabamos el romance como el rosario de la aurora y nunca más supe de ella aunque me han llegado voces de que sigue su vida por la “patrie” francesa.

Un verano valenciano me llevó al azul radiante del Mediterráneo y también a los ojos azules, intensos y brillantes de la joven Nortel·le. Pasamos un estío de paseos por las playas, de sol y paella en los chiringuitos, apreciando un paisaje que aún no estaba invadido y violentado por la profusión de grúas y edificaciones transgresoras, repetitivas y vulgares, mientras aún nos podíamos mezclar con la gente del país.

Prácticamente me incorporé a la edad adulta merced a un viaje de fin de carrera a Italia que se prolongó más de la cuenta y que iba a marcar mis próximos años de existencia en cuanto a amores y desvaríos. En Bologna, la “città rossa”, conocí a la señora De Rosa, valga la redundancia, estupenda, esbelta, atractiva, rojilla…, un nuevo concepto del diseño, y, como no podía ser de otra manera, caí en sus tentáculos femeninos que me atenazaron y embrujaron durante una buena temporada.

Enamoradizo que es uno, paralelamente intimé de incógnito con una milanesa de color particular, antigua triunfadora de grandes eventos siguiendo la estela de Nuvolari, “Freccia Celeste” la apodaban, aunque entre los míos siempre fue simplemente “la Bianchi”, un nuevo concepto del color y de la imagen como solo las italianas son capaces de alegrarnos la vista y entusiasmarnos mediante la plástica de un producto.

Pero el incombustible “Chavarri” me puso sobre la pista de otra “rossa” aún más colorada, roja Ferrari cual “cabalino rampante”, símbolo trasalpino por excelencia. Se apellidaba Pinarello, normalmente iba ataviada con complementos Campagnolo por los cuatro costados y, sin lugar a dudas, fue el amor de mi vida, el más intenso, profundo y duradero y el que había de marcar mi definitiva entrada en la mencionada edad adulta. Me enamoré locamente y ella respondía fielmente a mis ataques, a mis salidas de tono cuesta arriba, a mis diabluras cuesta abajo; nos paseamos por medio continente, tuvimos descendencia con nuevos materiales y éramos la envidia de amigos y compañeros que contemplaban la alegría y profundidad de nuestro amor.

Pero ningún amor es eterno y aunque conservo para siempre los recuerdos de la predilecta del Veneto, llegó el momento en que conocí a mi futuro suegro, don Ernesto, y este me presentó a una hija deslumbrante con la firma del padre estampada en el cogote. Entre el grupo la conocían por unas siglas que la relacionaban con la edad, C40 la llamaban, y destacaba por sus colores claros, azul y blanco, y por su horquilla en el moño, recta y oblicua, que surcaba los descensos con la máxima fidelidad imaginable. La Colnago fue un capricho carnal al que no pude resistirme y juntos disputamos las más osadas travesías y culminamos las más altas cumbres del deseo. Este no se marchitó hasta la obligada vuelta a mi país ya con unos años de más, el triple hasta en los simples repechos, y debiendo encarar la vida hacia una existencia más tranquila en espera de una anhelada jubilación.

De nuevo en casa volví a encontrarme con otra chica vasca, liviana y posmoderna, con la que salgo actualmente ya sin la intensidad de los amores de juventud pero sí con grandes complicidades y ejemplos de buena convivencia. Se apellida Orbea, gentilicio de larga tradición en el mundo que nos ocupa, pero la mayoría de amigos la nombramos por su nombre de pila, Orca, aunque dista mucho de ser una ballena asesina...

Y por ahí ando, sentado y viendo pasar el tiempo entre añoranzas de viejos amores y esperanzas de nuevos aconteceres, nuevas posturas y modernidades que producirse puedan hasta que se aparezca el gatillazo.

 

Pedalier

 

Frederic Ràfols

[email protected]


Publicado por FredericRafols @ 16:58  | 2008
Comentarios (3)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Invitat
divendres, 30 de Abril de 2010 | 19:49
?Qu? vida sentimental m?s movidita, hay que ver...! Para que luego vayas diciendo por ah?, que sobre una pueblerina de vulgar acero se puede disfrutar de las delicias de Eros.
Saludos del ?ltimo del pelot?n.
Publicado por Invitat
divendres, 30 de Abril de 2010 | 19:50
?Qu? vida sentimental m?s movidita, hay que ver...! Para que luego vayas diciendo por ah?, que sobre una pueblerina de vulgar acero se puede disfrutar de las delicias de Eros.
Saludos del ?ltimo del pelot?n.
Publicado por Invitat
divendres, 30 de Abril de 2010 | 19:50
?Qu? vida sentimental m?s movidita, hay que ver...! Para que luego vayas diciendo por ah?, que sobre una pueblerina de vulgar acero se puede disfrutar de las delicias de Eros.
Saludos del ?ltimo del pelot?n.